Relatos eróticos – ¿Quién gana el juego?

Hola, me conoces pero no sabes quién soy, dijo susurrando.

Pocas veces una frase había erizado mi vello tan deprisa. Sobre todo, cuando era la primera frase que escuchaba al contestar una llamada. No suelo coger el teléfono cuando me llaman de teléfonos ocultos, pero aquel día, no sé por qué motivo, lo cogí.

Quiero proponerte un juego, me dijo con una voz sugerente. Sé que te gusta jugar… a mí también. Pero como en todos los juegos, hay que poner unas reglas… Y las reglas hoy… las pongo yo.

Según sonaba aquel susurro notaba como las costuras de mi vaquero se estrechaban. La seguridad que mostraba y ese tono sensual iban aumentando mi excitación. ¡Cómo era posible que en tan sólo unos segundos alguien que no sabía quién era me pusiera así!, pensé.

Esta noche a las 10 iré a tu casa, siguió susurrando. Llevaré una máscara, que no podrás tocar, o el juego habrá terminado. Tú tendrás que llevar una venda en los ojos que en ningún caso te quitarás. Sólo hablaré yo. Una vez terminemos, me iré. No sabrás nunca quien soy. Estas son las reglas, tienes que aceptarlas si quieres jugar, ¿qué dices?

Que acepto, dije sin dudar.

Sé que eres un hombre de palabra y que, como te has comprometido, lo cumplirás.

Cuando colgué el teléfono, una mezcla de emoción y morbo me embargaba. Tan sólo dos minutos de conversación y no podía esperar ya a que llegaran las 10. Dicen que a las mujeres se les gana por el oído, pero aquella mujer con sólo unos cuantos susurros había conseguido ganarme, casi derrotarme.

A las diez en punto sonó el timbre. Con cierto nerviosismo me puse la venda antes de abrir la puerta. Según abrí, se acercó y me tomó de la mano.

Te llevaré a tu cama, me susurró al oído.

Me sentía extraño pero muy excitado a la vez. Una vez en la habitación desabrochó los botones de mi camisa, y me la quitó. Mientras lo hacía, acariciaba suavemente mis brazos y mi pecho. Poco después, comenzó a desabrochar mis pantalones. Pude sentir la destreza con la que hacía cada maniobra; sin duda no era la primera vez que hacía algo así. Una vez desnudo, me empujó sobre la cama y comenzó a besar y a morder cada palmo de mi cuerpo. No podía creer lo que me estaba ocurriendo.

Solamente déjate llevar por el placer, me susurró con su voz sensual.

Hasta el último poro de mi piel se moría de deseo. Poco a poco ella se fue desnudando, aunque intuí que era muy escasa la ropa que llevaba puesta. Comencé a notar como su cuerpo desnudo se rozaba con el mío. Pude sentir sus vertiginosas curvas, sus pechos turgentes, firmes, y una piel suave como de terciopelo.

Su lengua comenzó a recorrer mi pene de arriba a abajo y de abajo arriba, mientras con una mano jugaba con mis testículos. Podía sentir como mi pene se estiraba cuando su lengua llegaba a la altura del glande. Me moría de ganas de ver como lo hacía, de ver su cara mientras me comía, pero me había comprometido a no hacerlo, y no iba romper aquella promesa. De pronto comenzó a introducirlo en su boca. Una enorme sensación de calor inundó mi cuerpo. Sus labios subían y bajaban lentamente, al tiempo que su lengua chupaba con fruición la corona de mi glande. No había sentido nunca aquella mezcla explosiva de excitación y morbo.

En poco tiempo comencé a entrar en una especie de trance. Mi cuerpo comenzó a sentir espasmos. No sé qué tipo de hechizo utilizó, pero podía sentir electricidad desde los dedos de mis pies hasta el último pelo de mi cabeza.

No podría decir cuánto duró aquello, tal vez una hora, tal vez dos. Sólo sé que nunca he vuelto a sentir nada similar.

Hasta siempre, susurró al terminar. Sólo podrás quitarte la venda cuando me haya ido. Es posible que nos veamos muy pronto, quizá tenga marido, o novio, o quizá no. Tal vez charlemos alguna vez pero, recuerda, nunca vas a saber quién soy.

Quería que sintieras esto sólo una vez. Espero que te haya gustado el juego. Ahora tendrás que adivinar quién es el ganador. Y se marchó.

Cuando cerró la puerta pensé que adivinaría pronto de quien se trataba. Los primeros días los pasé escrutando a amigas, mujeres de amigos, compañeras, y a cuanta mujer nueva conocía, tratando de descubrir quién podía ser aquella amante secreta. Han pasado años, y todavía puedo sentir su lengua jugando en mi oreja, la fragancia de aquel perfume que nunca he vuelto a oler, el indescriptible calor de su sexo cuando entraba en él.

No sé si gané o perdí aquel juego. Al principio pensé que lo había ganado, ahora creo que nunca lo sabré.

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